[columna] El mito de la selectividad

Por: Simón González Barrios,

Ex Alumno – Estudiante de Derecho en la U. de Chile.

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En el último tiempo se ha vuelto recurrente escuchar comentarios, incluso de algunos “expertos” en educación señalando que la “buena educación” del Instituto Nacional se encuentra residenciada en su selectividad, y que dicho factor es el responsable de los buenos resultados del colegio en las diferentes pruebas estandarizadas (PSU, SIMCE, Timss, etc.) A lo largo de los párrafos sucesivos refutaré esta teoría, que debido a su masificación en la opinión pública se está convirtiendo en un mito utilizado para el ataque a los liceos municipales de alta exigencia.

¿Que vino primero, el huevo o la gallina? Resolver este acertijo parece una cuestión trivial, sin sentido, y al parecer sin utilidad aparente, sin embargo, el conocer el orden cronológico en que se desarrollan dos sucesos reviste de una importancia trascendental para explicar cual es causa del otro. Esto cobra importancia en la argumentación que desarrollaré.

Dejando de lado a las gallinas y los huevos, me parece prudente preguntarles estimados lectores que vino primero, ¿la selección o la calidad?

El Instituto Nacional, fundado en 1813, representó un punto de inflexión en la historia educacional chilena, puesto que marca el término del sistema educativo colonial y el inicio de la educación republicana, ya más alejada de la memorización de catecismos, filosofía aristotélico tomista, y reglas gramaticales. El quiebre no fue inmediato, entre 1813 y 1860 en el Instituto se avanza progresivamente hacia una educación más científica, basada en el análisis de fenómenos, y menos en la memorización. Al respecto, podemos señalar que el colegio por su carácter vanguardista entregó una formación en principios liberales que permitieron el desarrollo del Estado chileno, sobre el cual se construye la noción de Nación chilena, de acuerdo a lo planteado por Mario Góngora en su ensayo “sobre la noción  del Estado en Chile en los siglos XIX y XX”, el cual recomiendo de sobremanera leer.

Es difícil indicar si la educación del Instituto en sus primeros años de vida es de calidad o no, pues no hay muchos elementos de comparación, debido a la escasez de otros colegios, pero si se puede hablar de que fue una institución crucial para el desarrollo educativo chileno.

Avanzado el siglo XIX surgen los establecimientos privados, que proliferan una vez que los liberales acceden al poder y que la educación pública se va laicizando. Los más antiguos son el Colegio McKay de Valparaíso, el Colegio de los Sagrados Corazones y el San Ignacio. A dichos colegios se suman los liceos fiscales existentes en provincias, conocidos como “liceos de hombres”, y que en el siglo XX adquieren nombres más distintivos (el Gregorio Cordovez de La Serena, el Abate Molina de Talca, el Eduardo de la Barra de Valparaíso, etc.

La educación no se encontraba masificada, tan solo el 10% de los chilenos estudiaba en las escuelas secundarias, y porcentaje levemente mayor lo hacía en las primarias, muchas de las cuales dependían de los conventos o de los municipios.

La gran revolución se produce a principios del siglo XX, con la LIPO (Ley de Instrucción Primaria Obligatoria), ley promulgada gracias a la presión de los movimientos liberales, y de los incipientes socialismos (que años más tarde cristalizarían en el PC y el PS).

Recién en 1890 el Instituto Nacional debe dejar fuera a algunos postulantes, debido a que sus dependencias alcanzan la máxima capacidad, por lo que se crea el Liceo de Santiago, que adquiriría el nombre de Valentín Letelier; y que absorbe la demanda de la zona nor oriente. En 1907 se traslada el Internado del Instituto a la zona de Quinta Normal, o un terreno más amplio, surgiendo el INBA. En 1913 se funda el Liceo Lastarria para los habitantes de la zona oriente, y en fechas posteriores el Barros Borgoño, el Amunátegui, el Instituto de Señoritas de Santiago (actual Liceo 1 Javiera Carrera), entre otros planteles. También, la educación privada, en gran mayoría en manos de congregaciones religiosas, expande su matrícula.

Durante el siglo XX, hasta finales de la década de los 70′ se produce una expansión de la población escolar. Gracias a los esfuerzos de los gobiernos del Frente Popular (Radicales, aliados con Socialistas y Comunistas), del gobierno demócrata cristiano y del de la Unidad Popular se logra masificar la cobertura de la educación, lo que lleva con sigo un crecimiento del sistema nacional de educación pública, que da lugar a una serie de liceos fiscales, y se amplía la matrícula del Pedagógico, que abre sedes en regiones para formar más profesores, lo que sumado a las Escuelas Normalistas conjuga un panorama ideal para el desarrollo educativo: crecimiento de la cobertura educacional, sumado a un crecimiento en el número de docentes, y de los liceos, pero un crecimiento sostenido y premeditado, que garantiza una excelente calidad del sistema educativo público chileno (inspirado, hay que decirlo, en el modelo francés de enseñanza: el Lycée, espacio en el cual convergen estudiantes de todas las clases sociales) aunque la gran excepción a este modelo lo constituyen los colegios particulares pagados, los que no representan un porcentaje muy relevante de la matrícula nacional.

¿Qué pasa en el Instituto?

Ahora si se puede hablar de calidad, pues la formación del colegio empieza a ser medida por medio de un examen estandarizado -el Bachillerato- y ya no por los propios exámenes que elabora el colegio. En el bachillerato los egresados del Instituto logran muy buenos resultados, y el porcentaje de estudiantes que aprueban el bachillerato y quedan habilitados para ingresar a la educación superior ronda el 80%.

Con relación a la selección, esta es prácticamente nula, pues el sistema educativo público en su conjunto logra absorber la demanda, no sobrecargando al Instituto Nacional. Los demás liceos públicos también obtienen buenos resultados, no tan buenos como los del Instituto, pero si bastante buenos.

El problema se haya en el acceso a la educación secundaria, que se logró elevar de forma satisfactoria en las ciudades, pero no así en las zonas rurales.

Entonces, ¿la selectividad del instituto es anterior a su calidad? Ciertamente no, la calidad del colegio es anterior a la selectividad.

¿Entonces, cuándo se inicia la selectividad?

Tras el Golpe de Estado, el gobierno autoritario emprende una serie de medidas destinadas a neoliberalizar el Estado. Inspirados en los principios neoliberales de la Escuela de Chicago, y en el corporativismo católico-fascista del régimen de Franco (cuyas ideas permean por medio del movimiento gremialista) se inicia lo que se ha denominado “el desarme del Estado”.

Las medidas de esta política son conocidas. Se municipaliza la enseñanza, se crea la educación subvencionada, se reduce el presupuesto e inversión en educación a niveles mínimos en relación a los decenios anteriores; en resumen, se desarticula el sistema educativo público chileno. Esto tiene consecuencias inmediatas; la segregación de la población chilenas en colegios por clases sociales, y la baja en la calidad de la educación pública, en desmedro a la particular.

El Instituto logra sobrevivir a este holocausto educativo público, en gran medida debido a su prestigio y tradición, y por tanto miles de familias identifican en dicho plantel la única oportunidad de surgir en una estructura social basada en la competitividad -que per se no es mala- y en la segregación por clases, así como en el principio de que si quieres un “producto” de calidad debes pagar por él (se concibe a la educación como un producto, algo a mi juicio aberrante).

De este modo, las cifras de postulantes al Instituto se disparan a cifras históricas, llegando a postular hasta casi 5000 alumnos simultáneamente. Como el colegio tiene una capacidad limitada, se debe recurrir a una selección basada en los méritos de los postulantes.

Ahora, en la actualidad, la calidad del colegio depende de su selectividad?

A mi juicio no, debido a que está probado que el colegio funcionó como un establecimiento de calidad sin seleccionar de forma tan minuciosa a sus alumnos, además se debe considerar:

– Que un estudio de La Tercera, que realizó seguimientos a estudiantes que quedaron en los últimos lugares y los casi seleccionados, demostró que el Instituto entregaba un valor agregado a los estudiantes, que se cuantificaba en cerca de 60 puntos en la PSU.

– Que pese a un drástico descenso de la cantidad de postulantes entre 1990 y 2010, dicho descenso no tiene un correlato en los puntajes.

A mi juicio, las razones que explican la educación de “calidad” del Instituto Nacional son varias y diversas. Tras darle algunas vueltas al tema he llegado a la conclusión de que una de las más relevantes es la predisposición de sus estudiantes y sus familias al ingresar al colegio, predisposición que es fortalecida por la tradición del colegio, así como por los valores que representa, y por su historia.

Cuando un alumno ingresa al Instituto Nacional sabe que se enfrentará a un régimen de estudio exigente (aunque, en algunos casos esto no se verifique, la predisposición se genera de igual forma). Este autoconvencimiento de que sobrellevando las pruebas y obstáculos que se encuentran en el camino se lograrán las metas propuestas lleva a los estudiantes a comprometerse más con el estudio, y a enfrentar las evaluaciones con una predisposición positiva. Cuando te reiteran una y otra vez que en los mismos bancos en que te sentaste estudiaron grandes personalidades de la historia, terminas convenciéndote de que es posible sobresalir en algún área del conocimiento.

Hay otras razones que explican de forma satisfactoria el fenómeno del Instituto Nacional, como la predisposición de los profesores -fenómeno parecido al enunciado más arriba-, de la familia. Factores culturales, etc.

En suma, queda rechaza la teoría de que la calidad del Instituto proviene de su selectividad.

¿Si queremos igualdad, entonces debemos eliminar el Instituto?

No, debemos fortalecer la educación pública y devolverle la mística perdida; lo cual debe ir sumado a una fuerte inversión en recursos de modo de generar un ambiente propicio para el estudiante. Si hemos detectado un factor clave en el autoconvencimiento de los alumnos y sus grupos familiares, debemos lograr que cada estudiante que se siente en un pupitre en una Escuela Pública se convenza de que estudiar vale la pena, y esforzarse por lograr sus metas tendrá su recompensa.

Además, se debe plantear un objetivo en educación como país. Un conjunto de metas y objetivos. ¿Cuál es el rol de la educación? ¿La educación debe ser una herramienta de movilidad social, o no tan solo una herramienta y también un espacio de crecimiento personal?

En base a la resolución de dichas dudas podremos ir planteando soluciones al problema. Se debe debatir si queremos una educación segregada, o un modelo de educación integradora, en donde los ricos convivan con los pobres, y los estudiantes de clase media. Si apuntamos a ese modelo integrador debemos crecer en educación pública y decrecer en educación privada, o bien se debe obligar a la educación privada a no segregar por razones económicas, y abrir cupos a estudiantes de escasos recursos (como la situación que se da en la película Machuca). En fin, debate que da para otra columna.-

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